viernes, 28 de marzo de 2014

Adoue




Levante la cabeza y allí estaba, continuaba sentado en ese banco, en una calle cualquiera de París, una calle que no destacaba ni en color ni en gentío frente al resto de recovecos que escondía esta hermosa ciudad. Notaba como los copos de nieve se deshacían en mi pelo, con una suavidad incomprensible, como si alguien estuviera desde las nubes dejándolos caer entre sus dedos con meticuloso cuidado para no dañar a nada ni nadie. La noche era oscura, tan solo iluminada por los escaparates de tiendas a ambos lados de la calle peatonal y algún que otro mercado ambulante de artesanías decoradas con motivos de belleza inimaginable.

Entonces jugué a mi juego preferido, observar, el simple gesto de observar y analizar lo que me rodea para mi era algo totalmente gratificante, las personas que cruzaban la calle, las relaciones entre padres e hijos, cada detalle material en una de esas altas fachadas de edificios que parecían viandantes que recorrían la calle desde principio a fin. Y entonces, como si de un insecto me tratase, me sentí atraído en primera instancia por algo común, algo que nos rodea continuamente, pero en cuya belleza no siempre reparamos, la luz. Busqué aquellos escaparates que iluminaban la calle, primero me fije en una pastelería, solo con observar el interior de la tienda podía casi oler la mezcla de mermeladas,azucares y otros edulcorantes que coronaban los dulces, podía sentir el calor que escapaba por una pequeña rendija del horno que ocupaba prácticamente toda la pared contraria a la puerta de entrada y casi podía degustar cada uno de los croissants de distintos tamaños,formas y sabores que adornaban el escaparate. 

En el lado derecho de la calle peatonal estaba la famosa tienda de juguetes de Antoine Vouloir, todo el mundo le conocía, era el estereotipo de elegancia francés, siempre con una gabardina, sombrero de copa y una perilla que fingía descuidada pero tras la cual existían horas de cuidadoso arreglo. Esta tienda era sin duda la que mas iluminaba la calle, ademas me encantaba el efecto de colores que creaba sobre la fachada opuesta el cambio entre verde y rojo del semáforo del tren a vapor que reinaba el centro de la tienda. En el escaparate me llamo la atención un oso de peluche que pasaba desapercibido, intentaba ocultar su presencia pero no lo conseguía sin lugar a dudas. Estaba compuesto de telas de distintos colores, como si hubiera pasado por numerosas manos artesanas y lo hubieran convertido en algo totalmente distinto a lo que en su origen fue, pasando a ser el producto de la influencia de diversas mentes creativas. Al acercarme para observarlo, hubo un apellido que me llamo la atención entre las firmas que asociaban a cada tela su creador o dueño y ese apellido era Adoue, mi apellido, algo que para nadie tiene especial relevancia pero que para mi, un niño que se consideraba huérfano y que nunca conoció a sus padres, hizo que cada átomo en mi cuerpo vibrase de emoción.

Lluvia



Los dos paseábamos de la mano como tantas otras veces cuando nos adentramos en aquella solitaria plaza, sus adoquines, cada uno de los bancos que la formaban, dotaban al ambiente de una fortaleza de tranquilidad que parecía inexpugnable hasta que comenzó a llover.

La lluvia formó un manto denso y entonces ella volvió a sorprenderme, se quitó la capucha que protegía su pelo recogido, me miró y sacó la lengua como desafiándome a revivir aquella infancia en la que nuestros padres no nos dejaban bailar bajo la lluvia, sentirnos libres, salvajes... sentirnos naturaleza.

Todo mi cuerpo se paralizó, tan sólo podía observar la perfección de sus defectos... entonces comprendí lo afortunado que era, mientras observaba su pelo describiendo ondas en el aire, como si pretendiese diseñar un océano para que mis dedos lo surcasen esa fría mañana de finales de Marzo. De pronto reaccioné,agarré su mano, me quité la capucha y comencé a bailar con ella entre carcajadas, recordé por un instante lo que era la felicidad, me sentía junto a ella como dos partículas entrelazadas, cómo si el universo dejase de lado su caprichosa naturaleza y se centrase en observarnos pese a ser dos granos de arena en el desierto, dos instantes en la historia, y  ese momento se me hizo eterno.

Acabé en un banco de esa solitaria plaza, con su cabeza apoyada en mi hombro, ambos estábamos exhaustos, agotados, pero sin duda alguna jamás nos habíamos sentido tan vivos.